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La Mesa Común quiere convertir los mercados locales en parte de la vida de Santiago

Cuando crucé la entrada del Parque de Villa Olga el sábado pasado, sentí que había vuelto, por un momento, a Toronto.

No fue el café artesanal ni la comida lo que me llevó a esa comparación. Fue la atmósfera: personas caminando sin prisa, emprendedores conversando con quienes se detenían frente a sus mesas, música acompañando la tarde y la sensación de que nadie estaba ahí únicamente para comprar algo. Habían ido a pasar el día, descubrir propuestas nuevas y compartir un espacio con otras personas.

Durante los años que viví en Canadá, los farmers markets se convirtieron en parte de mi rutina de fin de semana. Nunca fueron simplemente un lugar para comprar frutas, pan o café. Eran espacios donde una ciudad aprendía a conocer a quienes estaban detrás de lo que consumía y, casi sin proponérselo, construía comunidad.

Por eso salí de La Mesa Común con la impresión de haber visto algo más interesante que la primera edición de un mercado de emprendedores. Sentí que Santiago estaba dando un pequeño paso hacia una cultura que, en muchas ciudades del mundo, ya forma parte de la vida cotidiana.

La Mesa Común - Mercadito local en el parque de Villa Olga

Las tradiciones no aparecen de la nada

Detrás de La Mesa Común están Lía Llaverías, Molly Goldberg y Amanda Mercado, tres jóvenes emprendedoras que compartían una misma inquietud: crear un espacio donde las marcas locales pudieran encontrarse con las personas de una forma más cercana.

La idea comenzó a tomar forma cuando Amanda, quien actualmente vive en Italia, les compartió la experiencia de los mercados comunitarios que allí forman parte de la rutina de muchas ciudades. No querían replicar un modelo extranjero. Querían adaptar esa esencia a Santiago y construir un espacio donde el talento local tuviera el protagonismo.

“Queríamos hacer algo con marcas locales, algo muy orgánico, para impulsar el talento que hay aquí en Santiago”, nos contaron durante nuestra conversación.

Mientras recorría el mercado, esa frase volvía una y otra vez a mi cabeza. La experiencia completa parecía responder a esa intención inicial: crear un lugar donde descubrir proyectos locales fuera tan importante como comprarlos.

Lo que otras ciudades ya entendieron

En ciudades de Estados Unidos, Canadá y Europa, los farmers markets dejaron hace tiempo de ser espacios donde simplemente se compran productos frescos. Con los años se transformaron en lugares donde productores, cocineros, artesanos, cafeterías y pequeños negocios se encuentran directamente con su comunidad, y la visita termina siendo tan importante como la compra.

Ese modelo también cambia la forma en que las personas consumen. Quien vuelve cada semana ya no solo compra un pan o una bolsa de café: sabe quién los produce, conoce la historia detrás de la marca y desarrolla una relación distinta con lo que lleva a su casa.

En República Dominicana todavía solemos asociar la calidad con lo que viene de fuera. Sin embargo, basta recorrer un mercado como este para descubrir propuestas gastronómicas, productos artesanales y pequeños negocios que no tienen nada que envidiarle a muchas de las marcas que admiramos cuando viajamos.

Quizás el talento siempre estuvo aquí. Lo que hacía falta era un espacio que permitiera descubrirlo.

La importancia de una buena curaduría

Uno de los aspectos que más disfruté de esta primera edición fue la selección de las marcas participantes.

No daba la sensación de caminar entre decenas de puestos ofreciendo exactamente lo mismo. Había variedad, intención y un equilibrio que hacía que el recorrido se sintiera dinámico. En pocos minutos era posible pasar de un café de especialidad a un matcha con crème brûlée, conocer productores de kéfir o encontrar productos artesanales. Cada pocos pasos aparecía algo distinto.

En Guía Santiago hablamos constantemente de la importancia de la curaduría. Descubrir no consiste en mostrarlo todo; consiste en saber elegir. Creo que La Mesa Común entendió muy bien esa diferencia: la selección de marcas hizo que recorrer el mercado se sintiera más como descubrir pequeñas historias que como asistir a una feria comercial.

El verdadero reto no es organizar un mercado, es comenzar una tradición

Mientras caminaba entre los puestos pensaba que Santiago no necesita un mercado exitoso. Necesita una tradición.

En los últimos años hemos visto crecer los pop-ups de moda, las ferias de artesanía y los ya tradicionales festivales gastronómicos. Todos han fortalecido el ecosistema creativo de la ciudad. Sin embargo, La Mesa Común propone algo diferente: reunir gastronomía, pequeños productores, bebidas, bienestar y emprendimientos en un ambiente casual que invita a quedarse. Uno puede desayunar, tomar un café, comprar ingredientes para cocinar en casa, conversar con quienes elaboran sus productos y descubrir nuevas marcas en una misma mañana.

Ese es el verdadero salto: dejar de organizar un evento para empezar a construir una comunidad.

Las tradiciones no nacen de una edición exitosa. Nacen de la constancia, de volver cada semana o cada mes hasta que ese mercado deja de sentirse como una novedad y pasa a formar parte de la rutina de una ciudad.

Santiago ya cuenta con emprendedores, productores, cocineros y una escena gastronómica que no ha dejado de crecer. Lo que muchas veces hace falta son espacios donde todos puedan encontrarse de forma natural. Si La Mesa Común logra mantenerse en el tiempo, podría convertirse en uno de esos lugares donde aprendamos a valorar, de manera cotidiana, todo lo que se está creando aquí.

El verdadero reto empieza ahora

Quizás lo que más me gustó de esta primera edición fue que no intentó ser demasiado grande.

Se sintió auténtica. Había suficiente variedad para sorprender sin caer en la saturación, y suficiente movimiento para transmitir energía sin perder esa sensación de cercanía que invitaba a quedarse un rato más. Ese equilibrio, que suele pasar desapercibido, probablemente fue una de las claves de la experiencia.

Ahora viene la parte más difícil: mantenerla viva. No sabemos si La Mesa Común terminará convirtiéndose en una tradición, pero esperamos que si. Eso dependerá de la constancia de sus organizadoras, de los emprendedores que decidan apostar por el proyecto y, sobre todo, de la respuesta de la ciudad.

Ojalá dentro de algunos años podamos mirar hacia atrás y recordar este evento entre uno de los momentos en que Santiago empezó a construir una nueva forma de crear comunidad con lo local.

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Lisbeth De La Cruz
Lisbeth De La Cruz
Lisbeth De La Cruz es empresaria, marketer, creadora y una observadora curiosa de los detalles que hacen que una experiencia se sienta bien pensada. Desde Guía Santiago, comparte aperturas, lugares, recomendaciones y conversaciones sobre la ciudad con una mirada cercana, curada y confiable. Su contenido combina criterio empresarial, sensibilidad estética y orgullo local, siempre con la intención de poner en el radar aquello que aporta valor, contexto y una mejor forma de vivir y disfrutar Santiago.

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